Momo se moja las pies por Rodolfo Walsh (1966)
Viernes 27/11/2009 | 19:37 hs. | El señor Boschetti miró al cielo y dijo:–Con tal que no llueva. ParecÃa preocupado.
–Si la luna se hace con agua –agregó–, estamos perdidos.
Desde setiembre a febrero habÃa llovido dÃa por medio en Corrientes. HabÃa grandes zonas inundadas y las pérdidas eran tremendas: 90% del algodón, 60% de tabaco, 80% de arroz. Pero lo que desesperaba al señor Boschetti era la posibilidad de que las lluvias arruinaran, además, el carnaval.
El señor Boschetti miró al cielo y dijo:
–Con tal que no llueva. ParecÃa preocupado.
–Si la luna se hace con agua –agregó–, estamos perdidos.
Desde setiembre a febrero habÃa llovido dÃa por medio en Corrientes. HabÃa grandes zonas inundadas y las pérdidas eran tremendas: 90% del algodón, 60% de tabaco, 80% de arroz. Pero lo que desesperaba al señor Boschetti era la posibilidad de que las lluvias arruinaran, además, el carnaval.
El próspero comerciante en farmacia y presidente de la comparsa Ara Berá no estaba solo en esa inquietud. Lo acompañaban decenas de organizadores, centenares de comparseros, millares de espectadores. En vastos galpones crecÃa un mundo de figuras mitológicas de yeso y de papel maché; los talleres de electrotecnia armaban para las carrozas centenares de tubos de cristal; de las tiendas a la calle se derramaban cascadas de lentejuelas y canutillos, arroyos de strass, perlas y piedras de colores. Las modistas y bordadoras profesionales no daban abasto y legiones de madres de familia cosÃan hasta altas horas de la noche.
Este frenesà encontraba chica la ciudad, se extendÃa a Buenos Aires donde pagaba 5.000 pesos el metro de lame francés; a Brasil, de donde importaba los últimos instrumentos de percusión para las escuelas de samba, o los más ruidosos fagüeles; a Alemania, de donde viajaba un grupo electrógeno comprado especialmente para iluminar una de las carrozas.
Alentando esa fiebre, en cada casa, en cada barrio, en cada oficina pública palpitaba una conflagración que comprometÃa a la ciudad entera.
BARBUDOS EN EL GALPÃN
–Los odio –dice la muchacha–. Los matarÃa. Los quemarÃa.
Sus labios tiemblan y en sus ojos oscuros arde una pasión furiosa. Se refiere, por supuesto, a la comparsa rival.
Durante enero y febrero el curso normal de la vida se detiene en Corrientes. Familias unidas por vieja amistad dejan de visitarse, noviazgos se rompen, negocios se suspenden, la agria polÃtica desaparece y una imponente ola de rivalidad, excitación, entusiasmo, sacude a la hermosa ciudad.
Protagonistas de esa lucha son las dos grandes comparsas que en seis años han resucitado el carnaval correntino para convertirlo en el más suntuoso, contradictorio y –por momentos– divertido espectáculo del paÃs.
Ara Berá y Copacabana libran una guerra que amén de la competencia especÃfica por el triunfo incluye la rivalidad económica, el espionaje, la diplomacia, la acción psicológica, y que encuentra su sÃmbolo final en las descargas de explosivos que en los dÃas de corso atruenan las calles.
En la campaña electoral de 1965 los partidos suspendieron toda actividad durante quince dÃas porque sus actos no podÃan competir con las apariciones de las comparsas. Después, en las urnas hubo votos a favor de Copacabana y votos para Ara Berá.
La división alcanza los más altos estrados oficiales. En 1966 afectó espectacularmente al Ministerio de Obras Públicas, donde el ministro Ricardo Leconte era partidario influyente de Ara Berá mientras el subsecretario ingeniero Piazza integraba la comisión de Copacabana.
Con obvia lógica la psicosis bélica llega a los cuarteles y se realimenta en ellos. Panorama presenció este año el estallido en plena fiesta de cargas de TNT y pólvora, con mechas de incentivamiento que usa el Ejército para salvas y que, desde luego, no se compran en el quiosco de la esquina porque su proveedor es la Dirección General de Fabricaciones Militares. Como las dos comparsas desplegaron análogo poder de fuego, cabe deducir que su influencia en el sector viril de la sociedad es equivalente.
En el ámbito femenino, la guerra era más dulce, más material, más insidiosa. MarÃa Elvira Gallino Costa de MartÃnez, madre de Kalà I, reina de Copacabana, admitÃa haber "saqueado" las tiendas de Buenos Aires para realizar el vestuario de su hija, a un costo total de un millón y medio de pesos, solventado por el magnate naviero José G. MartÃnez.
Diego Ruiz, comerciante en automotores, gastó apenas 600.000 pesos para vestir a su hija, Graciela, de Ara Berá.
Por la radio los adversarios se desafiaban o se burlaban sin nombrarse en audiciones cotidianas. Una sutil diplomacia llevaba a las comparsas a los bailes de los barrios más lejanos en busca de aliados o del vasallaje de reinas menores.
Oficialmente nadie sabÃa qué temas presentarÃan las comparsas, qué tamaño tendrÃan las carrozas, cómo irÃan vestidas las reinas. Sobre este secreto prosperaba el espionaje y los más descalibrados rumores.
Recientes sÃmbolos de la guerra revolucionaria estaban presentes en el custodiado galpón donde el pintor y director interino de Cultura, Rolando DÃaz Cabral, armaba la carroza de Ara Berá. Rolando y sus comparseros se habÃan dejado la barba, y amenazaban no cortársela si perdÃan el premio carroza.
–Es un sacrificio –admitió Rolando–. En Corrientes la barba no se usa, y cuando usted sale a la calle, se expone a que le digan cualquier cosa.
El estado de emergencia provincial, que el gobierno habÃa decretado poco antes por causa de las lluvias, estaba olvidado. El estado de catástrofe pertenecÃa al futuro de los papeles, de los borrosos planes de ayuda, y a la entraña del Paraná que en esos dÃas iniciales de febrero se mantenÃa estacionario en su altura crÃtica, superior a los seis metros. La ciudad, alegremente le daba la espalda.
Primera Parte publicada en abril de 1966 en la revista Panorama
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